Italia es
sorprendente e inigualable, imprevisible y camaleónica. Y, por supuesto,
lampedusiana. Todo está cambiando rápidamente en Roma para proteger lo
esencial: la continuidad en el interior del hirviente caldero europeo de la
larguirucha nación-mosaico unificada en 1861 por la burguesía piamontesa y
lombarda. En menos de quince días, un anciano de 86 años –el presidente de la
República, Giorgio Napolitano– ha conseguido darle la vuelta al calcetín, al
sucio calcetín berlusconiano - l`idiota-, sin otra baja, por el momento, que el orgullo
mortalmente herido del tribuno de Milán.
La
gravedad de la situación financiera y el caos que en estos momentos reina en el
interior de las dos grandes agrupaciones políticas ha estimulado que los propios
partidos políticos hayan delegado sus competencias en técnicos, especialistas
autónomos de la política politizante. Adios, por tanto, a Silvio Berlusconi, hombre antiintelectual dueño de un equipo de futbol y envuelto en una pátina engominada de corrupción y sordidez, que domina el arte de marear la perdiz manipulando astutamente los medios de comunicación (cosa facil si se es el dueño) y cuya conducta habitual no es la de un lider mundial, sino la de un alcalde de Valencia.
Con esta proposición
se nos presenta un marco elitista profundamente alejado de la lucha partidista;
pero nada distante de la cultura política, que ha construido a través de la
misma un gobierno de unidad nacional nacido de la necesidad y formado por profesionales
del más alto nivel.
Ante esta
situación, la Democracia se presenta no sólo como proyecto ilustrado
irrealizable, sino como obsoleta; de modo que, poniendo de manifiesto el
carácter funcionalista, Italia huye de los cauces habituales, reflejando una
estructura insuficientemente sólida, dado que las necesidades están por encima
de las instituciones. Asimismo, Italia niega la existencia de cualquier tipo de
ley universal ante el problema, pues el modelo institucionalista no lo
contempla, y por ello, los actores políticos deben abordar el contratiempo
desde otro modelo, que apueste por una interdisciplinariedad total, y abierto a
diversas ramas del conocimiento.
La
Democracia se presenta entonces, no como el efectivo gobierno del pueblo, sino
tan sólo como la aceptación o rechazo de la sociedad hacia unas élites que han
de gobernarla. Dichas élites se presentan como una aristocracia (gobierno de
los mejores), que dirige la complejidad de las organizaciones, al gobierno de
los especialistas (profesores, embajadores, economistas, militares,
prefectos…); que terminan autentificando la ley de hierro de la oligarquía ya formulada
por Michels.
Por otro
lado, en la medida en que los dos grandes partidos políticos se reorganizan
para competir en el nuevo terreno de juego; el nuevo desarrollo parlamentario debe
servir para controlar la creciente burocratización del Estado, a través de un
gobierno de funcionarios encarnado en las élites que verdaderamente ostentan el
poder.
Los
últimos sucesos ocurridos en Italia, dejan al descubierto el realismo que
propugna la teoría elitista; pero por primera vez, la Democracia no oculta su elitismo
sino que presume del mismo como un triunfo político que presenta a través de su
seriedad, el fin del modelo pluralista competitivo entendido como tal.
En la
medida que el modelo ha perfeccionado su función como sistema para seleccionar
élites adecuadamente preparadas, ha postergado por completo el contingente
requisito de garantizar un sistema de competencia entre dos o más grupos
políticos elegidos a través de soberanía popular. De este modo, la idea de
competición entre propuestas, así como la ilusión de poliarquía como equilibro,
han sido falseadas en favor de un nuevo modelo, más eficiente, técnico y
completo.
Nos
encontramos ante un modelo de Democracia elitista y maquiavélica que rompe con
la libertad humana, su creatividad, así como la deshumaniza en vistas a una
sociedad tecnificada en la cual, el error no tenga cabida. Por tanto, en un
mundo donde “el fin justifica los medios”, el triunfo de la política equivale a
la pérdida de derechos y libertades democráticas, a favor de la subsistencia de
un estado del bienestar que prefiere verse alienado y sometido a unas élites, a
recuperar unos derechos que por naturaleza le corresponden.
Bienvenidos a la república bananera de Italia



No se si estoy muy de acuerdo con la última parte de tu entrada, pero chapó por la descripción de Berlusconi.
ResponderEliminar