domingo, 4 de marzo de 2012

Democracia, como ruina contemporánea italiana


Italia es sorprendente e inigualable, imprevisible y camaleónica. Y, por supuesto, lampedusiana. Todo está cambiando rápidamente en Roma para proteger lo esencial: la continuidad en el interior del hirviente caldero europeo de la larguirucha nación-mosaico unificada en 1861 por la burguesía piamontesa y lombarda. En menos de quince días, un anciano de 86 años –el presidente de la República, Giorgio Napolitano– ha conseguido darle la vuelta al calcetín, al sucio calcetín berlusconiano - l`idiota-, sin otra baja, por el momento, que el orgullo mortalmente herido del tribuno de Milán.
La gravedad de la situación financiera y el caos que en estos momentos reina en el interior de las dos grandes agrupaciones políticas ha estimulado que los propios partidos políticos hayan delegado sus competencias en técnicos, especialistas autónomos de la política politizante. Adios, por tanto, a Silvio Berlusconi, hombre antiintelectual dueño de un equipo de futbol y envuelto en una pátina engominada de corrupción y sordidez, que domina el arte de marear la perdiz manipulando astutamente los medios de comunicación (cosa facil si se es el dueño) y cuya conducta habitual no es la de un lider mundial, sino la de un alcalde de Valencia
Con esta proposición se nos presenta un marco elitista profundamente alejado de la lucha partidista; pero nada distante de la cultura política, que ha construido a través de la misma un gobierno de unidad nacional nacido de la necesidad y formado por profesionales del más alto nivel. 
Ante esta situación, la Democracia se presenta no sólo como proyecto ilustrado irrealizable, sino como obsoleta; de modo que, poniendo de manifiesto el carácter funcionalista, Italia huye de los cauces habituales, reflejando una estructura insuficientemente sólida, dado que las necesidades están por encima de las instituciones. Asimismo, Italia niega la existencia de cualquier tipo de ley universal ante el problema, pues el modelo institucionalista no lo contempla, y por ello, los actores políticos deben abordar el contratiempo desde otro modelo, que apueste por una interdisciplinariedad total, y abierto a diversas ramas del conocimiento. 
La Democracia se presenta entonces, no como el efectivo gobierno del pueblo, sino tan sólo como la aceptación o rechazo de la sociedad hacia unas élites que han de gobernarla. Dichas élites se presentan como una aristocracia (gobierno de los mejores), que dirige la complejidad de las organizaciones, al gobierno de los especialistas (profesores, embajadores, economistas, militares, prefectos…); que terminan autentificando la ley de hierro de la oligarquía ya formulada por Michels.
Por otro lado, en la medida en que los dos grandes partidos políticos se reorganizan para competir en el nuevo terreno de juego; el nuevo desarrollo parlamentario debe servir para controlar la creciente burocratización del Estado, a través de un gobierno de funcionarios encarnado en las élites que verdaderamente ostentan el poder.  
Los últimos sucesos ocurridos en Italia, dejan al descubierto el realismo que propugna la teoría elitista; pero por primera vez, la Democracia no oculta su elitismo sino que presume del mismo como un triunfo político que presenta a través de su seriedad, el fin del modelo pluralista competitivo entendido como tal. 
En la medida que el modelo ha perfeccionado su función como sistema para seleccionar élites adecuadamente preparadas, ha postergado por completo el contingente requisito de garantizar un sistema de competencia entre dos o más grupos políticos elegidos a través de soberanía popular. De este modo, la idea de competición entre propuestas, así como la ilusión de poliarquía como equilibro, han sido falseadas en favor de un nuevo modelo, más eficiente, técnico y completo.
Nos encontramos ante un modelo de Democracia elitista y maquiavélica que rompe con la libertad humana, su creatividad, así como la deshumaniza en vistas a una sociedad tecnificada en la cual, el error no tenga cabida. Por tanto, en un mundo donde “el fin justifica los medios”, el triunfo de la política equivale a la pérdida de derechos y libertades democráticas, a favor de la subsistencia de un estado del bienestar que prefiere verse alienado y sometido a unas élites, a recuperar unos derechos que por naturaleza le corresponden. 

 Bienvenidos a la república bananera de Italia 


1 comentario:

  1. No se si estoy muy de acuerdo con la última parte de tu entrada, pero chapó por la descripción de Berlusconi.

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