Año tras año, en el domingo de Resurrección
cristiano, los nacionalistas vascos, aquellos que anhelan morir por su tierra,
y otros tantos que
Todo el entramado de los testaferros de ETA, nos recordará
que, apoyados por el gobierno del Estado, se encuentran más fuertes de lo que
lo han podido estar jamás. Quizá entonces comprendamos, que los diversos crímenes,
atentados, secuestros, humillaciones y violaciones de libertad y de Derechos
Humanos sirvieron de algo; quizá para aglutinarse entre las gentes de bien,
pareciendo de los nuestros, de quienes nunca amenazaron ni extorsionaron, de
los que siempre ampararon la ley, de los que protegieron una sociedad plural,
de los defendieron que se les aplicase (también a todos ellos) unos derechos
constitucionales, que desgraciadamente muchos de nosotros no hemos sido capaces
de disfrutar: el derecho a la vida, el derecho a la libertad de expresión, el
derecho a la libertad de movimiento… Y sin embargo, ya están aquí, entre
nosotros, reconocidos por el poder político, ostentándolo, ejerciendo el liderazgo
de ese pueblo que han venido construyendo a base de socializar a través del terror,
asesinando a quienes no aceptaban ser normalizados… Comprendo entonces, que no
soy más que una vieja ceniza empeñándose en hablar de todos aquellos hechos que
han sido fuera de toda duda proscritos por lo políticamente correcto; soy consciente
de que resulta más apropiado, cómodo y fácil, sonreír puesto que, ciertamente, no
vamos a morir.
Sin embargo, me es imposible callar ante tanta
indignidad, ante tanta complicidad, ante tanta cobardía. No puedo más que
señalar esa nube de cloroformo que se extiende sobre Euskadi y sobre el resto
de España. Una nube densa, que tapa conciencias, propiciando ese olvido que
todo lo cura, que convierte en iguales a quienes sufren y a quienes siguen
infligiendo el dolor: víctimas y verdugos. Ese olvido imprescindible para que
los enemigos de la democracia se muevan como pez en el agua dentro de las
instituciones plurales que quieren destruir; ese olvido que reclama Günter
Grass a los alemanes respecto del holocausto.
Las huestes que fueron apuntalándose en la
retaguardia con la ayuda de los que siempre creyeron (incluso mientras portaban
féretros con los cadáveres de sus amigos asesinados por ETA) que los asesinos “tenían
sus razones”, han terminado por salir a la luz. Hoy esas huestes hambrientas de
poder y de dominio "okupan" nuestras instituciones y plazas públicas, bailando un
aurresku de honor, recibiendo como a héroes a quienes salen de prisión llevando
la cabeza bien alta, orgullosos de lo que son y de lo que hicieron. Y así, hoy,
nos exigen que olvidemos. Quienes extienden el cloroformo hablan de “un tiempo nuevo”.
Y sí, están en lo cierto: es la era en la cual que uno se ve marginado al sostener
que no tenemos ningún tipo de deber u obligación moral de olvidar; es la época
en la cual quienes valientemente afirman que ETA continúa existiendo,
y que mientras eso sea así, sus diversos sustitutos (ahora aglutinados en un
ente político representante del conjunto de la nación española) no deberían
estar en las instituciones ni mucho menos ser tratados como demócratas ni
pacifistas. En este tiempo nuevo de ceguera colectiva, cualquiera se cree con
derecho a descalificar por exigir a este Gobierno lo mismo que se le exigió en
su día al anterior: mientras ETA exista, ni agua.
Es verdad: el “nosotros” se ha hecho cada vez más
pequeño, pues hay mucha gente que ha salido de entre ese “nosotros” para
abrazar la causa de los ganadores, por miedo quizá, por síndrome de Estocolmo
posiblemente. Benjamín Franklin dijo una vez que “aquellos que pueden dejar la
libertad esencial por obtener un poco de seguridad temporal, no merecen, ni
libertad, ni seguridad.” Tú, Joseba, nunca renunciaste a defender la justicia y
la libertad; por eso hoy te lo mereces todo; y quisiera recordarte a ti y al
resto de víctimas, a través de estas palabras de tu madre al Lehendakari socialista
Patxi López: Carta a los nuevos ciegos
No me resigno a vivir en una sociedad mediocre, sin
valores, sin esperanza, secuestrada por lo políticamente correcto. Propongo
declararse incompetente para el olvido, la ceguera, la hipocresía, la
neutralidad, complicidad… Puesto que comprender es imposible, recordar es un
deber. Un deber que yo cumpliré mientras tenga vida. Pido por tanto, frente a esa religión biempensante nacionalista ser revolucionarios, a través de un proyecto político
llamado Ciudadanía: es decir, la forma de integración social participativa
basada en compartir los mismos derechos y no en pertenecer a determinados
grupos vinculados por lazos de sangre, de tradición cultural, de estatus
económico o de jerarquía hereditaria. Si algo debe ser globalizado y recordado hoy, es
precisamente el reconocimiento efectivo y afectivo de lo humano por lo humano: en paz, libertad, igualdad, memoria y justicia.
Parafraseando
a Orwell, el nacionalismo vasco, es el vasquismo echado a perder;
pervirtiendo la cultura (pues nadie nos conquisto), y escondiendo siglos
de historia y apellidos del árbol genealógico detrás de rídiculas "K"s
que camuflan complejos. Definitivamente, la sociedad vasca no necesita
procesos de pacificación sino ciudadanos educados en la verdad: puesto que no hay
libertad sin verdad, ni se cultiva la paz entre mentiras.
Los resistentes tienen la última palabra: LIBERTAD



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