domingo, 19 de febrero de 2012

Desde el discurso al Fascismo

El fascismo se originó en tiempos de crisis, debido al pesimismo y a la crítica cultural de diversos intelectuales a finales del siglo XIX, quienes encontraron que el socialismo y  la democracia sólo provocaban revueltas y levantamientos populares incapaces de responder a los problemas reales de una ciudadanía enferma. Ante tal situación, los distintos eruditos y pensadores reclamaron la restitución de los antiguos valores, así como el regreso de una sociedad organizada jerárquicamente.

La historia se repite: las altas tasas de desempleo, el temor de las clases más acomodadas frente al sostenido auge del socialismo (en la actualidad, la crisis del Estado del Bienestar), las humillantes condiciones impuestas por las grandes potencias occidentales al resto de sus “compatriotas” o países hermanos (Tratado de Versalles frente al mal entendido europeísmo actual)... Todo ello, pervive obstaculizando los esfuerzos de reconstrucción de los estados, y alimentando el malestar de una población profundamente desgastada por las consecuencias del conflicto

Los restos del fascismo y sus seguidores más aférrimos, durante más de tres décadas, han perfeccionado la estrategia de esperar a que se produzca una crisis de primer orden o estado de shock, para luego vender al mejor postor los distintos panfletos autoritaristas, ultranacionalistas y totalitaristas a los pedazos de la red estatal, mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma; para rápidamente lograr que las reformas impopulares sean incuestionablemente permanentes. 

¿Cómo podría sonar un discurso fascista en la actualidad? Tomando al, por desgracia, no tan olvidado Benito Mussolini como ejemplo, escuchemos desde su voz y desde mis malsoñadas palabras, el nacimiento de una tercera vía que sirva de catarsis a Europa, tras el deterioro del Estado del Bienestar provocado por el neoliberalismo y la socialdemocracia 

"He venido aquí, ante vosotros, para miraros fijamente a los ojos, para pulsar vuestro temple, rompiendo así el silencio que me es tan caro guardar, particularmente en tiempos de crisis. Os preguntásteis alguna vez, en la hora de meditación, que cada cual ha de procurarse durante el día, ¿Desde cuándo estamos en crisis? No es sólo desde hace cuatro años, como pudieran creerlo los superficiales compiladores de crónicas...
 Podíamos nosotros, los ciudadanos, dejar sin respuesta ese grito y permanecer indiferentes ante el perpetuarse de las sangrientas ignominias de las mal llamadas democracias. Podíamos, sin renegar de nosotros mismos, dejar de acudir en ayuda de un movimiento de insurrección, que encontraba en José Antonio Primo de Rivera a su creador, su asceta, su mártir? ¡No! Por ello, en realidad nuestra guerra dio comienzo en mayo del 45, es decir desde el día en que enarbolamos contra la imposición del mundo socialista, democrático y capitalista, y demás frutos de la trágica segunda gran guerra, la bandera de nuestra revolución, que en aquel entonces era defendida por un puñado de hombres libres de libertad.
Desde entonces, nuestra capacidad de recuperación en el campo moral y material ha sido sencillamente formidable, constituyendo una de las características peculiares de nuestra raza. Es muy cierto que debemos luchar implacablemente; es muy probable que la lucha sea larga, pero el resultado final ha de ser la victoria de nuestro pueblo, su consumación en la  organización corporativa del Estado; pues ese estado democrático y liberal, débil y agnóstico, no sólo no puede, como bien ha demostrado la historia, sino que no debe existir. Por primera vez, una revolución constructiva como la nuestra creará un terreno pacífico para las actividades productoras, incorporando todas las fuerzas económicas e intelectuales en una sola organización y encauzandolas hacia un propósito común.
Dejadme deciros ahora que lo que sucede tanto en Estados Unidos como en Europa no es sino el más colosal engaño que la historia registre. La ilusión consiste en que ambas ruinas contemporáneas, creen seguir siendo una democracia, mientras que, en realidad, no son más que una oligarquía político-financiera, dominada bien por el hebraísmo, bien por el alemanismo.
Camaradas de la Urbe, a través de vosotros he querido hablar a nuestro pueblo, al auténtico, al verdadero y aún más grande pueblo, aquel que combate como león en los frentes de batalla de tierra, mar y aire. El que a la salida del sol está de pie para el trabajo de los campos, de los talleres, de las oficinas. El que no se permite los más inocentes lujos. No hay que confundir a ese gran pueblo con una exigua y deleznable minoría de bien identificados holgazanes, llorones y antisociales que gimen sobre los racionamientos y lamentan las suspendidas comodidades.
Nos anima la fe más firme y estamos seguros de que nuestro sistema resistirá la dura prueba de la realidad. Vivificado por vuestro espíritu, dirigido por vuestra disciplina y la Nación, constituirá un bloque indivisible de energías políticas, económicas y morales.” 

Y así, es como muere la libertad, entre aplausos. 

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