El fascismo se originó en tiempos de crisis, debido al pesimismo y a la
crítica cultural de diversos intelectuales a finales del siglo XIX, quienes
encontraron que el socialismo y la democracia sólo provocaban revueltas y
levantamientos populares incapaces de responder a los problemas reales de una ciudadanía enferma. Ante tal situación,
los distintos eruditos y pensadores reclamaron la restitución de los antiguos
valores, así como el regreso de una sociedad organizada jerárquicamente.
La historia se repite: las altas tasas de desempleo, el temor de las clases
más acomodadas frente al sostenido auge del socialismo (en la actualidad, la
crisis del Estado del Bienestar), las humillantes condiciones impuestas por las
grandes potencias occidentales al resto de sus “compatriotas” o países hermanos
(Tratado de Versalles frente al mal entendido europeísmo actual)... Todo ello,
pervive obstaculizando los esfuerzos de reconstrucción de los estados, y
alimentando el malestar de una población profundamente desgastada por las
consecuencias del conflicto.
Los restos del fascismo y sus seguidores más aférrimos, durante más de tres
décadas, han perfeccionado la estrategia de esperar a que se produzca una
crisis de primer orden o estado de shock, para luego vender al mejor postor los
distintos panfletos autoritaristas, ultranacionalistas y totalitaristas a los
pedazos de la red estatal, mientras los ciudadanos aún se recuperan del trauma;
para rápidamente lograr que las reformas
¿Cómo podría sonar un discurso fascista en la actualidad? Tomando al, por
desgracia, no tan olvidado Benito Mussolini como ejemplo, escuchemos desde su
voz y desde mis malsoñadas palabras, el nacimiento de una tercera vía que sirva
de catarsis a Europa, tras el deterioro del Estado del Bienestar provocado por
el neoliberalismo y la socialdemocracia:
"He venido aquí, ante
vosotros, para miraros fijamente a los ojos, para pulsar vuestro temple,
rompiendo así el silencio que me es tan caro guardar, particularmente en
tiempos de crisis. Os preguntásteis alguna vez, en la hora de meditación, que
cada cual ha de procurarse durante el día, ¿Desde cuándo estamos en crisis? No
es sólo desde hace cuatro años, como pudieran creerlo los superficiales
compiladores de crónicas...
Podíamos nosotros, los ciudadanos,
dejar sin respuesta ese grito y permanecer indiferentes ante el perpetuarse de las
sangrientas ignominias de las mal llamadas democracias. Podíamos, sin renegar
de nosotros mismos, dejar de acudir en ayuda de un movimiento de insurrección,
que encontraba en José Antonio Primo de Rivera a su creador, su asceta, su
mártir? ¡No! Por ello, en realidad nuestra guerra dio comienzo en mayo del 45, es decir desde el día en que enarbolamos
contra la imposición del mundo socialista, democrático y capitalista, y demás
frutos de la trágica segunda gran guerra, la bandera de nuestra revolución, que
en aquel entonces era defendida por un puñado de hombres libres de libertad.
Desde entonces, nuestra capacidad
de recuperación en el campo moral y material ha sido sencillamente formidable,
constituyendo una de las características peculiares de nuestra raza. Es muy
cierto que debemos luchar implacablemente; es muy probable que la lucha sea
larga, pero el resultado final ha de ser la victoria de nuestro pueblo, su
consumación en la organización corporativa
del Estado; pues ese estado democrático y liberal, débil y agnóstico, no sólo
no puede, como bien ha demostrado la historia, sino que no debe existir. Por
primera vez, una revolución constructiva como la nuestra creará un terreno
pacífico para las actividades productoras, incorporando todas las fuerzas
económicas e intelectuales en una sola organización y encauzandolas hacia un
propósito común.
Dejadme deciros ahora que lo que
sucede tanto en Estados Unidos como en Europa no es sino el más colosal engaño
que la historia registre. La ilusión consiste en que ambas ruinas
contemporáneas, creen seguir siendo una democracia, mientras que, en realidad,
no son más que una oligarquía político-financiera, dominada bien por el
hebraísmo, bien por el alemanismo.
Camaradas de la Urbe, a través de
vosotros he querido hablar a nuestro pueblo, al auténtico, al verdadero y aún
más grande pueblo, aquel que combate como león en los frentes de batalla de
tierra, mar y aire. El que a la salida del sol está de pie para el trabajo de
los campos, de los talleres, de las oficinas. El que no se permite los más
inocentes lujos. No hay que confundir a ese gran pueblo con una exigua y
deleznable minoría de bien identificados holgazanes, llorones y antisociales
que gimen sobre los racionamientos y lamentan las suspendidas comodidades.
Nos anima la fe más firme y
estamos seguros de que nuestro sistema resistirá la dura prueba de la realidad.
Vivificado por vuestro espíritu, dirigido por vuestra disciplina y la Nación, constituirá
un bloque indivisible de energías políticas, económicas y morales.”
Y así, es como muere la libertad, entre aplausos.


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